Al apio, lo mismo que a las chirivías, le favorecen las heladas. Creo que sólo se lo debe comer en invierno, época en que es la hortaliza más deliciosa disponible. Durante el resto del año es insípido, al carecer de la sazón que le confieren las heladas.

Suelo y clima:
El mejor es un suelo orgánico, por ejemplo, la turba o uno rico en humus, pero lo que más necesita es humedad constante. Es una especie procedente de zonas pantanosas o ribereñas y soporta mal la sequía. Lo ideal es cultivarla en terrenos con alto nivel freático, pero si ello no es posible hay que facilitarle abundante humus y un riego frecuente en tiempo seco. Resiste un suelo algo ácido y no necesita cal. Se le cultiva en cualquier clima en el que se produzcan heladas.

Tratamiento del suelo:
Yo preparo zanjas de 30 cm de profundidad y 40 cm de anchura en las que echo abundante compost o turba. Estas labores las hago en primavera.

Multiplicación:
Se llena una caja de semillero con compost o con tres partes de limo tamizado, una parte de mantillo y otra de arena gruesa, o con algún compost especial patentado. Prefiero hacerlo a finales del invierno, aunque al comienzo de la primavera todavía se está a tiempo. Tras haber empapado bien el compost se siembran las semillas con poca densidad y se recubren a continuación con otra capa ligera de compost. Se colocan al interior a una temperatura de unos 16 °C, tapadas con un vidrio o con periódicos. Si se emplea lo primero hay que pasar dos veces al día un paño por debajo para evitar que la humedad se condense y caiga sobre las plantitas. Deben mantenerse cerca de los cristales del invernadero o de la ventana para que las plantas no se inclinen. El suelo debe permane­cer en todo momento húmedo; es mejor regarlo con un rociador fino o bien depositar la caja en 2.5 cm de agua para que se empapen las plántulas.

Las plantas producen cotiledones antes de formar las hojas ver­daderas. Cuando aparece el primer par de éstas se llevan las plan­tas a otra caja que contenga tres partes de limo, una de mantillo y media de estiércol maduro. Se puede utilizar también un compost patentado. Se separan con cuidado a 5 cm y se continúa la asper sión con agua. Se las endurece después de modo gradual mediante la admisión de más aire hasta finales de primavera que es cuando se las lleva a fuera. No debe dejarse nunca que las plantitas se sequen pues en tal caso, se sufrirán las consecuencias meses des­pués, cuando de pronto empiecen a dar semillas antes de madurar.

Aunque las heladas benefician al apio maduro, perjudican a las plantitas jóvenes. Por eso no se sacarán al exterior hasta no estar seguros de que no habrá más heladas. La separación es de 30 cm; con el método del bancal profundo. 15 cm. Se colocan   ¡ en el fondo de la zanja que se ha preparado para ellas. Si hay dos o más hileras de apios se las separa 105 cm ya que para aporcarlas hace falta espacio. Entre esas hileras se siembran lechugas, rába­nos y otras especies de crecimiento rápido. Hay que recolectarlas antes del aporcado del apio. Se las debe regar con generosidad en especial durante las dos primeras semanas, si no llueve.

Cuidados durante el crecimiento:
Existen diversos métodos de aporcar el apio. Si no se dispone de ayuda hay que atar las puntas de las plantas y apretar la tierra a su alrededor con fuerza, pero sin dejar que caiga demasiado dentro de las mismas. Se rellenan de este modo las zanjas y se sueltan des­pués las puntas de las plantas. Esto se hace a finales del verano. Se vuelve a aporcar dos o tres semanas después usando más cal para tener a raya a las babosas y se hace un montículo alrededor de las plantas. Transcurridas unas cuantas semanas más es necesario hacer de nuevo otro aporcado. Si se dispone de turba suficiente se la emplea en los aporcados siguientes, colocando ladrillos en los lados para evitar que el agua o el viento la arrastren.

La finalidad de este aporcado continuo es mantener los tallos lejos de la luz. Lo mismo que las patatas, cuando están expuestos a ella se vuelven amargos y verdes, por lo que cuanto más alto sea el aporcado mayor será la cantidad de apio que puede comerse. Para evitar que la tierra penetre dentro de la planta se colocan collares de papel o plástico a su alrededor, pero este sistema atrae a las lombrices y a las babosas.

Plagas y enfermedades:
Mosca del apio: Es una plaga muy corriente. Sus larvas excavan túneles en las hojas de la planta. Hay que arrancar las hojas ataca­das y quemarlas. Para combatir la enfermedad se rocía estiércol líquido sobre las plantas. El olor evita que las moscas depositen sobre ellas sus huevos.
Septoriosis: Llega a destruir todo el apio si no se le ataja. La enfer medad, que se propaga con las semillas, hace que sobre las hojas aparezcan pequeñas manchas pardoamarillentas. Hay que rociar sin demora con fungicida a toda la planta afectada. Sólo se sem­brarán semillas lavadas en formalina.
Podredumbre: Afecta a las plantitas jóvenes cuando reciben dema­siada agua o muy poco aire. El principal síntoma es una podre­dumbre acuosa. Si se cultivan bajo vidrio hay que recoger el agua condensada y garantizar una buena aireación.

Recolección y almacenamiento:

Se recogen a medida que se desea consumirlos y si se quiere que tengan mejor sabor hay que esperar a que se produzca una helada. Conviene por eso procurar que duren hasta entrado el invierno. Una buena idea es proteger parte de la hilera con túneles cuando comienzan heladas fuertes, con lo cual es posible tener apio hasta finales de la estación (y para no desperdiciar el espacio de los tune les se plantan dobles hileras en el mismo surco). Si no se dispone de túneles se recubren de noche con paja o heléchos, que se quitan los días cálidos.

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