Los pepinos, calabacines, calabazas y melones pertene­cen a las Cucurbitáceas, una familia que ha evolucio­nado para vivir en condiciones climáticas extremas.

Nada resulta más fascinante al tratar con la natura­leza que observar cómo las plantas han evolucionado para ocupar los nichos vacíos en los complejos ecosiste­mas de las especies de mayor tamaño. Así, en las enor­mes pluviselvas tropicales, en donde los árboles compi­ten entre sí para alcanzar la luz, es posible encontrar delicadas plantas trepadoras de crecimiento rápido y aparentemente indefensas que utilizan a sus poderosos rivales para trepar ellas mismas, recurriendo a la veloci­dad de desarrollo y a la flexibilidad de hábitos para lle­var a cabo una especie de guerrilla en la que no siempre salen ellas perdiendo.

Otros miembros de las cucurbitáceas están adapta­dos a los desiertos y recurren también a la rapidez de crecimiento, a expensas de la resistencia, la rigidez y otras características de este tipo. Surgen rápidamente de una semilla que ha permanecido en estado latente quizá durante años y acumulan el agua procedente de una tormenta en frutos de crecimiento acelerado. Los melones Tsava de los desiertos de Kalahari y de Nami­bia, en África, son excelentes ejemplos a este respecto.

En cuanto llueve surgen por todos lados y cubren la tie­rra, antes sedienta y pelada, de los desiertos; los bosquimanos y otros habitantes de estas regiones pueden entonces abandonar los mínimos oasis en que estaban confinados y vagar por donde quieran, seguros de que encontrarán agua a donde vayan, en los Tsava que hay por doquier. Estos melones se benefician asimismo de la predación, pues cuando los animales o el hombre comen sus frutos y beben el agua de su interior disper­san las semillas que quedarán de nuevo en estado latente tal vez durante años, hasta la llegada de las pró­ximas lluvias.

Mas noticias sobre : Curbitaceas
Comentarios : (0)