Para el hortelano autosuficiente las habas son una de las plantas más importantes. Le alimentan a él y a su familia durante todo el año, y si tiene habas secas y patatas no morirá de hambre. La tradicional haba inglesa es de vaina larga y sigue siendo la mejor si lo que se pretende es obtener un alimento rico en proteína vegetal tanto durante el invierno como durante el verano (a menos que el clima permita obtener también una buena cosecha de soja). Los demás parientes de las habas, como las judías pintas, las verdes y las enanas proceden de América, sobre todo de Sudamérica. Son muy sensibles a los hielos. La vieja haba, sin embargo, resiste un invierno crudo y revive en primavera. Se mantiene erguida y alta, no necesita soporte y produce una cosecha abundante de grandes semillas arriñonadas que se consumen cocidas, frescas o se dejan secar para el invierno.

Hay otras variedades de la misma planta que son cultivadas por los granjeros para obtener un pienso rico en proteína para alimen­tar a sus animales en invierno. Sus semillas son más pequeñas y blancas pero la producción es elevada. Son más sensibles que el haba común a ciertas enfermedades y se dice que no son comestibles antes de las Navidades. Aunque no están destinadas al con­sumo humano yo las como en invierno.

El haba ordinaria de vaina larga, sin embargo, es lo mejor para el hortelano, pero si es posible obtener alguna variedad forrajera, ¿por qué no experimentar con ella y ver lo que pasa?

Suelo y clima:
Las habas gustan de suelos fuertes, incluso arcillosos, pero prospe­ran asimismo en los que son ricos en compost sin que importe de qué tipo fueran originariamente. Su comportamiento en los diferen­tes climas es muy similar al de los guisantes. Si se trasplantan éstos al exterior en otoño, se hará otro tanto con las habas pues, son más resistentes que ellos.

Tratamiento del suelo:
No les gusta el exceso de acidez; lo mismo que los guisantes, su pH ideal es 6,5. La potasa les beneficia mucho, por lo que si las dispo­nibilidades de cenizas de madera son ilimitadas se echarán en el bancal de las habas a razón de 100 g por cada 1,8 m de hilera. La consuelda, picada como abono verde, es beneficiosa tanto por el potasio que contiene como por su capacidad de retener el agua. El suelo hay que someterlo a una labor profunda, incorporar las cenizas y la consuelda si se dispone de ellas y añadir tanto compost como se pueda. Yo acostumbro a plantar las habas detrás de las patatas, cuando la tierra está llena del estiércol aplicado para estas últimas ya bien trasformado. La cal sólo es necesaria cuando el pH está muy por debajo de 6,5.

Multiplicación:
Si se vive por debajo del límite de las nevadas copiosas es mejor sembrar las habas en otoño, octubre o noviembre. Si los pájaros las atacan o si hace demasiado frío se las sembrará lo más pronto posible en primavera, o en febrero si el suelo no está helado. Con­viene remojar las semillas durante veinticuatro horas en agua antes de plantarlas; esto las ablanda y hace que se adelanten a los pája­ros.

Los surcos se hacen con la azada a una profundidad de unos 8 cm, separados 60 cm y con las semillas a unos 15 cm unas de otras. Creo que una práctica muy conveniente es sembrarlas en hileras separadas 1,8 m y plantar después entre ellas judías verdes o enanas. Las habas constituyen un buen cultivo protector para estas otras plantas más delicadas y evitan que las dé el viento. A veces, en lugar de hacer surcos se tiende un cordel de jardinero y se hacen agujeros con un desplantador para cada semilla. Con el método del bancal profundo se dejan 10 cm entre las plantas en todas las direcciones.

Cuidados durante el crecimiento:
Al crecer las habas conviene aporcarlas un poco con la azada. Hay que mantenerlas, desde luego, libres de malas hierbas. En lugares expuestos y ventosos es aconsejable poner una estaca en las esqui­nas de las hileras y tender una cuerda de una a otra para evitar que el viento derribe las plantas. Pero en la mayoría de los huertos esto no es necesario. Cualquier tipo de cobertura orgánica es siempre beneficiosa.

Plagas y enfermedades:
Moteado: Son pequeñas manchas de color marrón. Si se presenta no puede hacerse nada. S¡ el ataque es temprano merma de modo considerable la cosecha, pero cuando es tardío no resulta tan perju­dicial. La abundancia de potasio en el suelo sirve de protección. Si ataca en otoño deberá prescindirse de la siembra otoñal y hacer en su lugar la de primavera, que es menos sensible a la enfermedad.
Roya de las habas: La infección es poco probable. Los síntomas son pequeñas manchas blancas que aparecen en primavera sobre las hojas y los tallos. Hay que rociarlas con caldo bórdeles y quemar toda la paja resultante de las plantas para destruir así las esporas.
Pulgones o mosca negra: Si se siembran habas de primavera es muy probable que aparezcan, casi nunca faltan. No afectan a las sembradas en otoño. Sólo agujerean la piel de los ápices vegetati­vos pero las habas de invierno ya están entonces suficientemente desarrolladas en el momento en que las atacan los insectos. Cuando lo hacen se les encuentra aglomerados en la parte superior. Si las habas han crecido ya lo suficiente se arranca esta parte.
Cocida para consumo es muy tierna y jugosa. Si la invasión es grave se rocian las plantas con una solución de jabón blando y parafina. A las abejas les gustan las flores de las habas por lo que es importante no rociar en donde se las pueda perjudicar. El pelitre aplicado de noche mata a los pulgones y no daña a las abejas al día siguiente.
Mildiu de las habas: Se pulveriza caldo bordelés.

Recolección y almacenamiento:

Los ápices vegetativos de las habas, cortados en primavera para impedir el ataque de la mosca negra, son unas de las verduras frescas más gustosas de la temporada. Si se las consume pronto es posible recoger las vainas muy pequeñas y cocerlas tal como están. Más tarde se vuelven demasiado grandes por lo que hay que abrir­las, extraer las habas de su interior y cocerlas una vez libres de la membrana dura. Cuando se vuelven demasiado rígidas para esto se las deja secar en la mata y se las recoge con vaina. Una vez secas del todo se extraen las semillas y se guardan para el invierno. Antes de cocerlas, hay que tenerlas en remojo durante veinticuatro horas (aunque el doble tampoco es demasiado) y hervirlas bien. Prepara das con mantequilla o con tocino proporcionan calorías para el in­vierno.

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