Comprar semillas es, desde luego, más barato que adquirir hortalizas, pero el verdadero hortelano autosu ficiente obtendrá él mismo la mayoría de sus semillas. Si se cultivan algunas plantas más de las necesarias para el consumo es posible recoger las semillas e irlas sem­brando año tras año.

Si uno va a criar sus propias semillas hay que llevar a cabo un proceso selectivo, es decir, eliminar las plantas que no corresponden al tipo normal (a menos que lo superen) y usar sólo las mejores. Hoy día tenemos plan­tas cultivadas en lugar de las malezas y hierbajos de las que proceden porque los agricultores han estado selec­cionándolas durante miles de años.

Hay que recordar también que, como las semillas tar­dan tiempo en madurar, conviene iniciar su cultivo lo antes posible para darles tiempo a desarrollarse, incluso si es necesario al principio bajo vidrio. Las especies de climas cálidos cultivadas en lugares fríos (las judías de España, por ejemplo) tienen dificultades para madurar sus semillas durante los veranos cortos a menos que se las ayude.

Semillas de especies bienales: El problema de obtener semillas de especies bienales es que, por lo general, se desarrollan durante el primer año y dan semillas en el segundo. Desde luego que algunas de ellas “rompen” temprano, es decir, se desarrollan y granan en el primer año, pero hay que evitar la tentación de emplearlas. La remolacha de este tipo no es buena. Conviene levantar durante su primer otoño las remolachas, las chirivías, las cebollas, y los nabos, tenerlas guardadas mientras haga frío y volver a plantarlas a finales del invierno o principios de la primavera, cuando echan de nuevo raí­ces, crecen y dan semillas. A los puerros suelo dejarlos en la tierra: crecen a una altura mayor a la de un hom­bre y producen magníficas cabezuelas que fructifican. Las   cebollas   pueden   dejarse   también   así   todo   el invierno, pero es más seguro guardarlas en el interior y plantarlas después, en primavera. Al salsifí y a la escor­zonera se los deja crecer durante el segundo año, tras lo cual producen las semillas.

Semillas de coles: En este caso es mejor comprarlas, pues no cuestan casi nada. Hay una razón además, y es que las coles hibridan entre sí con facilidad, por lo que se ignora entonces qué mezcla genética saldrá. Otra razón es que, para obtenerlas uno mismo, hay que dejar crecer las plantas durante mucho tiempo en el huerto ocupando espacio y expuestas a los ataques de la her­nia.

Semillas de tomate: Es fácil conservarlas. Se marcan algunos de los mejores (y más tempranos) frutos de invernadero y se los deja madurar por completo. Se los recoge entonces, se los abre y se separan con agua las semillas de la pulpa. Se las coloca a continuación en un papel de periódico y se las guarda en un lugar cálido para que se sequen.

Semillas de pepinos: Son muy delicadas puesto que hay que ayudarlas a fecundarse. Se coge una flor masculina (la que no tiene un pepino en miniatura detrás), se arrancan los pétalos hasta dejar los estambres al descu­bierto, y con un pincelito se espolvorea el polen encima de las flores femeninas completamente abiertas. Estas últimas se abren por completo y permanecen receptivas durante dos o tres días por lo que hay que rociarlas con polen todos los días mientras estén abiertas. Cuando los pepinos hayan madurado del todo se arrancan, se lavan y se secan las semillas igual que se hizo con los tomates.

Semillas de pepónides: Los calabacines, las calabazas, los melones y otras especies similares no necesitan siempre ser polinizadas por medios artificiales. Yo he plantado semillas de estas especies obtenidas de los fru­tos comprados en frutería y se han desarrollado de modo satisfactorio. Merece la pena hacerlo también con las berenjenas y los pimientos verdes. Se los deja en un lugar caliente para que acaben de madurar —incluso hasta que se inicia la descomposición— y se extraen des­pués las semillas.

Semillas de lechuga: La lechuga es sencilla, pero hay que comprobar si se han seleccionado los mejores ejem­plares, lo cual no significa que sean los primeros en dar fruto. Hay que dejar una hilera de buenas lechugas para reproducción. Se recolectan las más pequeñas para el consumo y se desechan las que primero florecen. Las semillas se cogen de una planta grande y de floración tardía; hay que vigilarla con cuidado para extraerlas antes de que el viento las disperse. Una planta es muy probable que dé semillas durante varios años.

Semillas en granulos: Cuando se decide uno a comprar las semillas, vale la pena considerar las que se expenden en granulos. Se trata de semillas recubiertas de alguna sustancia nutritiva de modo que cada una de ellas se encuentra dentro de un pequeño granulo alimenticio. Éste la nutre cuando se humedece y se inicia el desarro­llo. Los granulos hacen que todas las semillas tengan el mismo tamaño con lo cual resulta muy fácil sembrarlas con un cedazo apropiado. Pero incluso aunque no se utilice este último tienen la ventaja de que se distribuyen sobre la tierra (o sobre el compost) más separadas de como lo harían en condiciones normales. Pero son caras, mientras que si uno cría sus propias semillas no tendrá demasiada importancia gastar muchas o pocas.

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