La patata es una de las pocas plantas con las que una persona puede sobrevivir sin tomar otro alimento y, a diferencia de otras, requiere una preparación muy sencilla: no hay que trillar, aventar, moler ni hacer ninguna de esas labores que hacen del consumo de los cereales una técnica compleja.

El autoabastecimiento en el huerto de climas templados es impensable sin ella y yo recomendaría a todo el mundo, salvo a quien tenga un huerto diminuto, dedicarle al menos una cuarta parte de su tierra y, a ser posible, una tercera parte. Al ser una solanácea permite que el terreno descanse de esas otras familias que están representadas con mayor frecuencia en los huertos. Sin las patatas, el cultivo de las coles sería excesivo en una misma par­cela.

Suelo y clima:
No debe encalarse nunca. Prosperan en suelos ácidos: cualquiera con un pH por encima de 4.6. La roña que las afea pero no les causa en realidad un mal excesivo, se desarrolla en medio alcalino pero desaparece con la acidez. La potasa es esencial para obtener i buenas patatas (pero con estiércol o compost abundantes es suficiente) y lo mismo ocurre con el fosfato. El nitrógeno no es tan importante aunque su falta (poco probable en un buen huerto orgá­nico) merma el rendimiento.

Por desgracia, la patata no evolucionó de modo original para los climas del hemisferio norte. Lo hizo en los Andes, y así la especie silvestre es montaraz aunque tropical. Su origen hace que sea muy poco resistente a las heladas; el mínimo toque de los hielos daña el follaje y detiene el desarrollo.

Tratamiento del suelo:
Conviene hacer una cava profunda el otoño anterior e incorporar durante la misma una cantidad abundante de estiércol o compost; es suficiente con 400 kg por 84 m2. Otra cosa excelente es sembrar a voleo alguna especie de abono verde, como por ejemplo centeno, el otoño antes de iniciarse el cultivo. Si se procede así no deben tocarse esas plantas durante uno o dos meses hasta que se planten las patatas, a menos que se trate de trébol en cuyo caso se lo pica y entierra en otoño. En cualquier caso, debe enterrarse el abono verde a bastante profundidad e incorporar al mismo tiempo com­post o abono.

Otra posibilidad, que da excelentes resultados, en especial si no se ha tenido tiempo durante el invierno o las condi­ciones climáticas no han permitido la cava, es enterrar el abono verde en el momento de plantar las patatas. Se echa cualquier tipo de compost o de estiércol en el fondo de los surcos, se plantan las patatas y se rellena con el abono verde.

Cuidados durante el crecimiento:
Las patatas necesitan mucho espacio subterráneo y se ponen ver­des si permanecen expuestas a la luz durante más de uno o dos días, en cuyo caso son amargas y venenosas. Esto se debe a que producen una toxina llamada solanina. Lo normal es, pues, apor­carlas, es decir amontonar tierra a su alrededor para proteger a los tubérculos de la luz y darles al mismo tiempo espacio suficiente para crecer y expandirse. Es obvio que quien las cultiva bajo acol­chado no tiene que hacer esto, pero el acolchado debe cubrir por completo las patatas. No gustan de la competencia de las malas hierbas que tienden a proliferar en la tierra tan rica y bien labrada en que se cultivan. Al hacer los caballones hay que eliminar todas las plantas parásitas. Si aparecen entre las patatas hay que arran­carlas con la azada o a mano. Si se-las entierra en surcos para que se descompongan, sirven de acolchado.

Un consejo sobre el aporcado de las patatas: por alguna razón las plantas se mantienen erguidas de noche y a primeras horas de la mañana, pero se desparraman indolentemente durante el calor del día. Por eso la labor es más sencilla por la mañana, cuando están bien tiesas, como soldados durante la revista. Lo mismo que éstos, cuando el sol se vuelve ardiente, se desmayan. Tal vez sea necesario aporcarlas varias veces, la última a fondo, dando a las laderas del caballón una inclinación uniforme con el dorso de la pala, pues así están mejor defendidas contra las esporas del mildiu si se presenta esta enfermedad (que es lo más probable).

Cuando las hojas de las plantas se tocan por encima de las hile­ras suprimen las malas hierbas y eso permite un momentáneo des­canso, tras el aporcado final.

Plagas y enfermedades:
Mildiu de la patata: Cuando la patata llegó por primera vez a Europa el mildiu no la atacaba. En los climas frescos y húmedos de suelos turbosos ácidos, en los que la patata crece mejor que nin­guna otra planta cultivada, se convirtió en la base alimenticia de la población. En Irlanda, en particular, no tardó en ser el sustento principal de la gente pobre, con exclusión total de otro alimento. Más adelante, a mediados del siglo XIX, el mildiu hizo su aparición. En un año se propagó por toda Irlanda, arrasó primero las hojas de las plantas y pudrió después los tubérculos transformándolos en una masa mucilaginosa. Perecieron millones de personas.

No se encontró ningún remedio contra la enfermedad hasta que alguien observó que los patatales situados cerca de las naves de fundición de cobre en el sur de Gales no padecían esa enfermedad. ¿Evitaba el cobre la aparición del mal? Se ensayó una mezcla de sulfato de cobre y cal, similar a la utilizada por los cosecheros de Burdeos contra el mildiu de sus vides. Se descubrió que si se rociaba con ella el follaje en “épocas de mildiu”, o sea cuando la temperatura y la humedad del aire están por encima de cierto punto, se lo protegía contra las esporas del hongo patógeno. Así, para evitarlo, lo que yo hago es rociar bien con el llamado caldo bórdeles las hojas, por arriba y por debajo, una vez cada dos sema­nas durante el período caluroso y húmedo del verano. En las regio­nes secas y sometidas a la acción de los vientos, es poco probable que se presente el mildiu; conviene preguntar a los vecinos. Se puede adquirir una solución patentada o prepararse uno mismo su caldo bórdeles.

¿Qué hay que hacer una vez sobrevenida la enfermedad? Se reconoce por manchas negras que aparecen sobre las hojas y que producen después un festón de materia blanca y pulverulenta que son en realidad las esporas, las causantes de la enfermedad. No se consigue nada con rociar encima, lo único eficaz es proteger a las plantas sanas. Pero la enfermedad no desaparece. A no ser que la infección haya sido muy precoz, las esporas no llegarán a los tubérculos, y si se ha aporcado bien, la lluvia las arrastrará impi­diéndoles penetrar en la tierra y entrar en contacto directo con las patatas. Hay que cortar el follaje con un cuchillo muy afilado (para no desenterrar los tubérculos) y quemarlo. Es triste para el horte­lano orgánico tener que quemar algo, pero no hay otra solución. Se dejan entonces los tubérculos bajo tierra durante al menos tres semanas después del desmoche. Si se los extrae de inmediato entran en contacto con los millones de esporas que pululan por la superficie del suelo. Al seguir enterrados, el agua arrastra a las esporas por las laderas de los caballones hasta el fondo de los sur­cos en donde no producen daño. Conviene dejar así las patatas el mayor tiempo posible. En el clima templado en el que vivo suelo esperar hasta que las necesito, a veces incluso hasta Navidad. Están allí más seguras que si las arranco.

Sarna verrugosa: Es una enfermedad en lenta regresión debido a que se está haciendo obligatorio, al menos en Europa, con la legis­lación de la CEE, cultivar sólo variedades inmunes. Se manifiesta mediante verrugas que cubren la superficie de la patata. Hay que quemarlas. Las que yo he cultivado han estado siempre libres de la enfermedad, pero una vez que se produce la infección sólo deben plantarse variedades inmunes. Otra posibilidad es no cultivarlas durante seis años y esperar que la enfermedad se haya extinguido. Se aplican 30 kg de cal viva por cada 84 m2 de terreno infectado para eliminarla.

Roña: Aparece con toda probabilidad al cultivar patatas en suelo muy alcalino o recientemente encalado. No es grave. Interesa cuando se quieren vender esas patatas, ya que tienen muy mala presentación. Si sólo se las quiere para el propio consumo no hay que preocuparse; sólo hay que extirpar la zona afectada. Pero un estercolado abundante o una gruesa capa de compost la evitan, por lo que un huerto orgánico no la debe padecer.

Heterodera de la raíz: Llegó a Europa procedente de su habitat original en Sudamérica antes de la Primera Guerra Mundial y desde entonces la tenemos de modo permanente. Ataca sobre todo a los monocultivos de patata que crecen año tras año en el mismo suelo o al menos con excesiva frecuencia. No deben sembrarse patatas muy a menudo en el mismo terreno. Si la infección es grave hay que dejar el cultivo durante al menos diez años, aunque se dice que varios cultivos sucesivos de Tagetes minuta, o el compost o abono verde formados con ella suprimen la heterodera. Si se cul­tiva esta especie un año antes de plantar patatas, sus secreciones hacen que los quistes de la heterodera permanezcan en letargo durante la permanencia de las patatas.

Escarabajo de la patata: Es amarillo con cuatro bandas negras en la espalda. Hiberna hundido en el suelo y emerge a comienzos del verano para poner sus huevos sobre las hojas de la patata. Las lar­vas se las comen y destruyen toda la cosecha. Las patatas cultiva­das en gran escala son las más vulnerables. Es raro verlo en Gran Bretaña. En caso de detectarlo hay que avisar de inmediato a las autoridades correspondientes. Las larvas se aniquilan con derris, pelitre o, lo mejor de todo, nicotina. Hay que hacer una cava pro­funda en invierno para que los pájaros las puedan atacar.

Las restantes enfermedades de las patatas (y hay más de un cen­tenar) no constituyen problema alguno, siempre que se usen sólo semillas sanas y se cultiven en terrenos bien estercolados o a los que se haya aplicado compost en abundancia, y de preferencia no más de una vez cada cuatro años. No debe dejarse que crezcan plantas de tubérculos olvidados en la tierra. Lo único que hacen es propagar enfermedades.

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