Igual que la patata, es originario de la América tropical. Es una especie perenne, pero en climas templados, en donde sólo es semirresistente, se lo cultiva como anual. Tiene un valor enorme para el hortelano autosuficiente pues, no solamente mejora cualquier plato al que se le añada, sino que es también una rica fuente de vitaminas. A éstas, cosa muy importante, no parece afectarles demasiado la cocción o envasado del fruto. Si se cultivan suficientes tomates durante el verano, para conservarlos embotellados (o congelados) en invierno, no se padecerá de carencia de vitaminas.

Suelo y clima:
Para cultivar tomates al aire libre hay que contar al menos con tres meses y medio de tiempo cálido con mucho sol. Si no se vive en un clima de este tipo, hay que hacerlos germinar en interior y trasplantarlos en verano. Si el estío se vuelve demasiado fresco o nuboso como para dejarlos madurar, se acaba su proceso vegeta­tivo en interior o se los transforma en salsa de tomate verde. En climas templados o fríos, crecen bien en invernadero y son, con gran diferencia, el cultivo más productivo y valioso. Pero conviene recordar que, a diferencia de los pepinos, no les gusta el exceso de humedad.

Prosperan en cualquier suelo rico. En terreno ligero dan fruto antes que en uno pesado. Por otro lado, se desarrollan a la perfec­ción en una arcilla pesada que haya recibido compost durante varios años.

Tratamiento del suelo:
Para cada plántula hago un agujero de 30 cm de profundidad y otro tanto de diámetro y lo lleno casi hasta arriba con compost como si fuera a plantar un manzano. Completo luego con tierra y cuando llega el momento adecuado hago el trasplante. Conviene preparar el hoyo unas seis semanas antes. Una buena idea es reali­zar esta operación al mismo tiempo que se siembran las semillas en el interior. Cualquiera que sea el modo de tratarlos, necesitan un suelo rico, bien preparado con estiércol o con compost maduro. Al pudrirse y asentarse este último, cede un poco el terreno y eso ayuda a las tomateras a retener el agua.

Multiplicación:
Excepto en climas muy calurosos, se siembra en primavera en inte­rior dentro de cajas de semillero. Menos en los climas muy fríos, es suficiente con un invernadero sin calefacción; lo ideal es una tem­peratura de 21 °C. Se siembra poco denso en compost especial comprado o en una mezcla que prepare uno mismo. Se tapan los semilleros con papel de periódico durante la noche pero se deja que de día reciban sol abundante. A las dos o tres semanas de la siembra se repican las plantitas, separadas 8 cm, en un semi­llero más grande o, mejor aún, en macetas de turba. Se usa tam­bién compost patentado o la mezcla propia. No hay que regar demasiado; debe dejarse el compost en el límite entre seco y húme­do. Y se le proporcionará siempre todo el sol disponible.

Al cabo de un mes se comienzan a endurecer poco a poco las plantas. Se las saca al aire libre de día para que tomen el sol y se las mete de noche, o se las traslada a una cajonera fría cuya tapa se quita de día y se pone de noche. Al comienzo del verano ya están lo suficientemente endurecidas como para soportar el trasplante a sus bancales definitivos. Si se dispone de túneles se las trasplanta dos semanas antes y se las mantiene tapadas durante ese período.

Cuidados durante el crecimiento:
Se atan las plantas a sus tutores con un cordel suave y se las sigue atando a medida que suben. No se las debe ligar muy fuerte pues se cortan los tallos. Otra excelente solución es colocar un tubo de red metálica de 38 cm de diámetro por encima de cada planta, que tre­pará por su interior.

Se despuntan los pequeños brotes que surgen en la base de cada peciolo pues de lo contrario se obtendría un ejemplar muy fron­doso que. con toda probabilidad, no daría fruto. No deben dejarse demasiado altas.

A los tomates no les gusta el exceso de agua pero sí una cierta cantidad de la misma; sí el terreno se seca el fruto se cuartea. Lo mejor es regar las plantas con abono líquido (para prepararlo se llena hasta la mitad un barril con estiércol y se completa con agua). Conviene recordar que las tomateras necesitan tener calientes las raices por lo que hay que arrancar las hojas inferiores y hacer que la planta quede erguida para que el sol dé sobre la tierra que las cubre. En otoño, cuando comienzan a alargarse las noches, es con­veniente retirar los rodrigones y dejar que las plantas se extiendan por el terreno sobre paja, y cubrirlas con campana. Esto ayuda a madurar los frutos.

Plagas y enfermedades:
Mildiu: Los tomates de exterior son tan vulnerables al mildiu como las patatas, por lo que hay que rociarlos con caldo bórdeles. Se rocía una vez cada quince días durante los calores del verano y, si llueve después de hacerlo, se repite la operación.
Gusano gris: Muerden las plantas a nivel del suelo. Para proteger­las se las rodea con collares de cartón o se echa ceniza a su alrededor.

Recolección y almacenamiento:
Los frutos se recogen con cuidado junto con sus pecíolos con pre­caución para no dañar la piel. Los tomates rojos se consumen cru­dos o se embotellan de inmediato (los destinados a la cocción pue­den guardarse en el congelador).

Los tomates verdes, no maduros, se cubren con tela o papel y se guardan en un lugar fresco hasta que maduran. Deben mantenerse en la oscuridad, nunca al sol. Un método que da buenos resultados es colocar una capa de fieltro en el fondo de un cajón en una habi­tación fresca, disponer encima una capa de tomates sin que se toquen entre ellos, después otra capa de fieltro, más tomates y así de modo sucesivo. Los más verdes se colocan en el fondo y los más maduros en la parte superior. Hay que comprobar si los frutos están sanos pues de lo contrario se pudrirían todos. Los tomates verdes y maduros pueden utilizarse para hacer salsa picante.

Mas noticias sobre : Solanaceas, Tomate
Comentarios : (0)